Cada día igual, no hay solución

Copi está enfermo de optimismo y necesita un tratamiento de choque de noticias para reponerse.

Hoy voy a revelaros in extremis que padezco un problema médico pernicioso hasta la médula y con el cual he de lidiar cada mañana cuando el alba se muestra tímidamente por mi ventana con la insana y premeditada fijación de otorgarme la dádiva de un nuevo día.


Este terrible mal que me acontece puntualmente cada mañana y que empiezo a sospechar termine transmutado en crónico, ya ha logrado que tema al amanecer más que un triste conde Drácula mellado, carente del más básico ataúd que lo arrope y proteja de la dolorosa luminaria matinal.


Esta extraña enfermedad, aún por diagnosticar, hace que algunas mañanas me despierte terriblemente enfermo, pero no de un inesperado apechusque, ni de un mal aire, ni tan siquiera del socorrido cólico miserere, no, qué va.


Lo mío es mucho peor: yo me levanto intoxicado de optimismo y esperanza, pero mucho, mucho, vamos, una clara sobredosis de creencia y confianza en la sociedad, agravada por un pensamiento ignorante de que vivimos en un país donde las cosas funcionan, donde la gente hace lo que debe y donde no somos ajados títeres en manos de unos dirigentes charlatanes, farsantes, chanchulleros y trapisondistas que dan vergüenza ajena como poco.


Aunque no voy a mentir, por suerte hay un remedio, no sé si paliativo, pero que a mí me alivia de forma eficaz y rauda este malestar del que adolezco.


El cruel antídoto milagroso me lo administro en pequeñas dosis a lo largo del día. La primera toma la consumo durante el primer café de la mañana.


Me siento tranquilamente delante de la taza humeante, y mientras sorbo de ella el oscuro brebaje y me fumo el primer cilindrín nicotínico del día, pulso el botón de ON en el mando a distancia del televisor y dejo que las crónicas periodísticas de maitines penetren en mi angustiado ser por ojos y oídos, experimentando ipso facto una tibia mejoría.


Un par de titulares bastan para que mi fiebre patriótica caiga en picado. Poco rato después, ya de camino al trabajo, dejo que la radio del coche, estratégicamente situada en el dial de Radio Nacional de España, deleite  mis oídos con las más variadas noticias, tanto de ámbito nacional como allende el mar, y oiga, mano de santo, otra tibia mejoría se adueña por completo de mí.


Seguidamente, la mañana transcurre envuelta en esa rutina sanadora que tanto me place disfrutar; escuchar las profilácticas conversaciones de mis sufridos compañeros, que hacen remitir notoriamente la potencia de fuego de mi desconocido virus, que a esas horas ya se bate en desordenada retirada caótica.


A mediodía, apoltronado frente al televisor mientras engullo gustosas viandas precocinadas, el informativo es un jarabe de realidad que ejerce una influencia sanadora libre de toda duda, y sí, es cierto, es un amargo trago, pero créanme cuando les digo que es muy capaz de erradicar de tu cabeza gran cantidad de ilusiones absurdas que nublan tu juicio más derrotista... ¡Una maravilla tú!


Para cuando la tarde me alcanza, estoy prácticamente asintomático, ya me siento desintoxicado de aquel optimismo matinal que amenazaba con convertirme en un ciudadano esperanzado. Qué peligro, podría haber acabado creyendo en algo... pa vernos mataó.


Y finalmente, cuando el suave manto de la noche me envuelve, por supuesto realizo un ritual chamánico infalible como última dosis garante de exorcización del temible patógeno y que además, por el mismo precio, posee cualidades profilácticas envidiables.


Este no es otro, que el de sentarme a cenar viendo el telediario de las nueve en la Uno.


¡Ahí sí que se obra la magia! Cuando termina el tóxico y falaz programa, noto que mi cuerpo y alma ya están limpios como una patena; ya no queda rastro alguno en ellos de ilusiones, esperanzas o expectativas de futuro, ni tan solo un mínimo síntoma de patriotismo inflamado.


En esos momentos ya puedo argumentar con orgullo que estoy listo para irme a dormir tranquilo, sabiendo que mañana volveré a despertar enfermo… pero que, por suerte, la radioterapia informativa volverá a hacer su trabajo con precisión quirúrgica.

Louis

Comentarios