Juliet, la triste historia de un angel

En la imagen se ve a la dulce Juliet paseando y maravillada con la iluminación navideña que la rodea.


 Juliet bajó la vetusta escalinata de piedra que finalizaba en la acera de aquella transitada calle, dejando tras de sí la Facultad de Biología. 

Apenas si hacía dos meses desde que había dado inicio el periplo de sus estudios universitarios en aquel lugar.

Se detuvo y abotonó la gruesa parka de lana. Eran las siete de la tarde de finales de un frío mes de noviembre, y en aquella bonita arboleda que recorría de principio a fin la avenida donde se daban cita las sedes de las principales facultades, un gélido viento hiriente a cuchillo la hizo estremecer con una de sus ráfagas cortantes como el cristal.

Retomó el paso, dirigiéndose con tranquilidad hacia la parada del autobús, a la vez que disfrutaba contemplando el ornato que, en las alturas, ofrecían las precoces luces navideñas con su altivo brillo.

Caminaba, mostrando su rostro una sincera sonrisa bobalicona fruto de un alma cándida, feliz y pura que no albergaba el más mínimo ápice de maldad.

Una vez en la parada, cogería el interurbano ocho, que la dejaría a tan solo una manzana del piso que compartía con otras tres chicas que, como ella, provenientes de provincias, habían alquilado en la capital para residir durante el tiempo en que se dilatasen sus estudios.

Juliet era feliz. A sus diecisiete años había, por fin, salido de aquel minúsculo pueblo que tanto limitaba su espíritu forjado por una curiosidad innata, un espíritu que decenas de libros, ávidamente, habían alimentado con sueños y promesas de maravillas por descubrir en un nuevo horizonte de libertad.

Cierto es, que tan solo una veintena de kilómetros la separaban de su anterior vida y que para los miles de jóvenes que habían residido toda su vida en la capital, aquella nueva etapa tan solo significaba un paso más en su formación académica, pero para ella era mucho más, infinitamente más... Era un sueño, una ilusión que se hacía realidad.

En su recién adquirida independencia, cada vivencia, por nimia que fuese, la atesoraba como el mayor de los logros. Cada nueva experiencia la vivía de forma que el ignoto y misterioso mundo, con el que hasta entonces solo había podido soñar, ahora se postraba ante ella, abriéndole de par en par su alma y permitiéndole beber directamente de la primigenia fuente del conocimiento ancestral.

Juliet era una chica sencilla, empática, alegre y vital, y aunque en ocasiones resultase un tanto introvertida, debido a su intrínseca timidez, resultaba del todo imposible para los que, atraídos por la magnética luz que de ella emanaba, no desnudarle su alma en busca de la calidez, bondad y ternura con la que reconfortaba a quienes se acercaban a ella, arropándolos en una sensación de tranquilidad, comprensión y sosiego.

Desde muy pequeña había sido así, desplegando sobre quien la conocía el paraguas de este don que le había sido otorgado.

No se trataba de una persona especialmente llamativa en cuanto a su físico. Con su metro cincuenta y cinco de estatura, era más bien menuda.

Tonos del trigo maduro se reflejaban en su cabello recortado en media melenita, de grandes ojos dorados en color miel, un tanto pecosa en los pómulos y en el puente de la nariz; poseía unos labios rojos y carnosos que tal vez fuesen lo que más destacaba, junto con los dos soles prendidos en su mirada, de la fisonomía de su rostro.

Aunque era delgadita y bien formada de físico, como los cánones de belleza de hoy día mandan, sus atributos de mujer no eran de los que hacían girar cabezas y seguirla con la mirada a su paso.

Aun con todo, cuando te hallabas próximo a ella, y en tu mirar se cruzaba la bondad que se intuía en sus pupilas; en las tuyas quedaba grabada a perpetuidad la ternura que reflejaba su forma de mirarte.

El espacio que distaba entre la facultad y la parada del autobús, tomando como referencia la velocidad media del común de los transeúntes, dada en una situación cotidiana sin premura, era fácilmente salvable en un periodo de tiempo que oscilaba entre los cinco y seis minutos.

Y, por regla general, eso es exactamente lo que ella solía tardar en cubrir dicho trayecto, dos veces al día, cinco días por semana.

Pero aquella tarde, debido a la curiosidad de la que hacía gala, sumada a la innata predisposición que, inconscientemente, la conducía a maravillarse con cualquiera que fuera la novedad que aconteciese en el mundo que la rodeaba, hizo que se demorara dos minutos más de lo habitual.

Aquel breve lapso de tiempo tuvo como consecuencia que perdiera el autobús y tuviera que esperar casi ocho minutos al siguiente, y esta, en un principio, baladí contrariedad, sería el detonante que la conduciría sin remordimiento alguno a descubrir que el maravilloso mundo que tan afablemente le mostraba la mejor de sus caras, sin premonición previa, también la haría ser consciente, con fría crueldad, de la peor de ellas.

Cuando su mirada descendió de las alturas y de nuevo volvió a posarse en la realidad tangible que la rodeaba, persistía aún en ella la sensación sugestiva y cautivadora que la festiva luminaria había provocado en su curioso espíritu.

Y fue en esos momentos cuando un repentino destello rojo y ruidoso, cruzando frente a ella velozmente, le recordó que el tiempo jamás detiene su fluido devenir por nadie, haciéndola regresar realmente.

Finalmente, fue capaz de reaccionar girando la cabeza, solo para contemplar cómo un encarnado bus con un brillante número ocho presente en la zona central superior de su trasera se alejaba, dejando tras de sí una asfixiante niebla azulada.

Un minúsculo mohín de contrariedad en sus labios, que apenas si duró lo que el efímero suspiro con el que lo adornó, fue todo lo que denotó su rostro ante la pérdida del transporte urbano.

Resignada, retomó el paso, restándole importancia al hecho y terminando por completar el cotidiano recorrido.

Cuando se sentó en el banco de la parada, no pudo evitar un pequeño respingo de sorpresa ante la inhóspita sensación de frío que este transmitía, para rematar tal acción con una lacónica sonrisa fruto de aquel ridículo sobresalto.

Tras él, para ella, cómico incidente, se acomodó lo mejor que pudo, y sin apenas ser consciente de ello, volvió a elevar la mirada hacia las luces navideñas que titilaban en las alturas, movidas caprichosamente por el viento, en espera del siguiente autobús.

A su alrededor, la vida continuaba ajena a la contemplativa chiquilla que pasaba desapercibida ante los transeúntes que, con paso apresurado y un tanto encorvados en pos de protegerse de las imprevisibles y frías rachas de viento, continuaban su camino dirigiéndose hacia sus desconocidos destinos sin prestarle atención alguna.

Todos parecían ignorarla y, en principio, así fue, pero de entre todos aquellos que sin observarla pudieron verla, tan solo uno fue quien finalmente se percató de su presencia; el único ante el cual Juliet debería haber permanecido como una incorpórea sombra por siempre.

Aquel individuo recorría la misma acera que segundos antes ella había transitado, pero en sentido opuesto al suyo, marcando con su paso un deambular vivo y constante.

Se podía intuir en su caminar la acción resolutiva de alguien que sabía lo que buscaba y hacia dónde dirigirse para encontrarlo sin perder el tiempo con alternativas poco convincentes.

Pero nada más lejos de la realidad; la terrible verdad que se escondía tras tan apretado caminar era infinitamente más oscura y mortal.

Aquellas formas no hacían más que reflejar el comportamiento natural del depredador que patrulla e inspecciona sus territorios de caza, en pos de rastrear la pertinente presa fortuita, inconsciente del peligro que la acecha.

En un momento dado, el cruel sino del destino tuvo a bien hacer que aquellos vidriosos ojos apagados, casi muertos, hundidos en sus cuencas hinchadas y amoratadas como consecuencia de las sucesivas horas en vela, arrebatadas químicamente al sueño, fueran a posarse, tal como haría un buitre sobre el triste despojo de una carroña, en la menuda silueta de aquella chiquilla que ensimismada miraba hacia las alturas.

Un destello turbio y cargado de maldad cruzó fulgurante su mente, paralizándolo. 

Sin moverse, observó a Juliet y rápidamente analizó el entorno en busca de un mejor emplazamiento desde el que poder examinar a su presa sin ser visto.

Casi de inmediato dio con un conveniente soportal sumido en la penumbra tras la traslúcida parada de metacrilato y aluminio, que le obsequió con el lugar idóneo.

Como una más de ellas, se deslizó desapareciendo entre las tinieblas de la oscura entrada y desde allí contempló con detalle lo que ante él la voluble casualidad había puesto en su despreciable senda.

Analizó en la distancia a Juliet, su actitud, sus movimientos, los gestos que el perfil de su rostro le permitía distinguir; todo en ella irradiaba inocencia, bondad y confianza.

Y todo aquello para un ser con una mente enferma y una vida conformada por infinidad de retales de una realidad difusa, como si de pequeños fragmentos de un espejo roto se tratase, significaba un reclamo ante el cual, en lo más profundo de su ser, afloraba un deseo desvirtuado, una atracción perversa que era sistémicamente incapaz de reprimir.

Ya desde muy pequeño la violencia y el dolor habían sido una constante en su vida.

Creció en un entorno hostil y en un hogar desestructurado, pero a pesar de ello, a pesar de tener unos padres que entre si desataban una violencia inusitada, estallando en continuos episodios de peleas sin cuartel, con su hijo intentaban ser buenos y cariñosos, o por lo menos todo lo buenos y cariñosos que su propia naturaleza ambigua les permitía.

Ellos no criaron al monstruo, el barrio no lo alimentó con sabiduría maldita ni la sociedad le empujó a serlo; el monstruo siempre estuvo allí, incluso antes de que alguien lo percibiese por primera vez, incluso antes de que él mismo fuese consciente de su propia naturaleza.

Finalmente, aquel niño creció, salió a ver el mundo y con él también salió su monstruoso alter ego y, como todo monstruo cuando se le deja libre, sembró a su alrededor el dolor y la tristeza más desgarradora que alguien carente de alma es capaz de prodigar en su entorno.

Robos, muertes, violaciones, no eran algo desconocido en su día a día; era una parte indeleble del modus vivendi que abrazaba con la mayor de las indolencias, y que lo arrastraba sin remedio a una vorágine de odio y destrucción de la inocencia cuando esta tenía el infortunio de cruzarse en su camino de maldad... y ahora en su camino se había cruzado Juliet.

Continuaba observándola en silencio, planeando en su mente los movimientos exactos en esta partida de ajedrez maldito que estaba a punto de comenzar.

La chica estaba esperando el autobús y eso no era bueno; no sabía hacia dónde se dirigía y, por tanto, no controlaría el terreno en la medida en que a él le gustaba hacerlo, aunque eso no significase un impedimento real.

Tan solo tenía que seguirla y esperar el momento y lugar oportunos que tarde o temprano siempre terminan por presentarse, y entonces, ahí sí, asegurarse de que la jugada saliese exactamente como debía de hacerlo, sin ruido, sin incómodas miradas ajenas, tan solo la soledad de algún rincón desangelado y el cómplice manto de oscuridad que proporcionaba la noche para cubrir su fechoría.

En esto se encontraba cuando un sonido potente y ronco lo distrajo de sus pensamientos, devolviéndolo a la negrura de aquel lúgubre soportal.

Giró su cabeza y vio como una mole en color carmesí avanzaba impávida, envolviendo todo a su paso de una apestosa neblina y en la dirección de la parada; se trataba del autobús número ocho.

Juliet, a quien ese mismo sonido también había hecho regresar, se puso en pie al ver el número ocho inscrito en el frontal superior del vehículo.

El autobús se detuvo ante ella con un sonido estridente y metálico, abriendo sus puertas con el típico ruido del aire a presión saliendo al exterior.

En ese instante, de entre la intangible oscuridad emergió una figura sombría que avanzó con premura en dirección a la parada, llegando hasta la puerta de embarque del vehículo en el mismo momento en que la joven chiquilla, en una zona mediada de las filas de asientos, se acomodaba tranquilamente en uno de ventanilla que le permitiría seguir observando con detenimiento el mundo que vibraba a su alrededor.

El merodeador comenzó a subir los peldaños de acceso cuando, debido a la trayectoria que seguía, su mirar se cruzó con la del conductor, que de mala gana y con una mano aferrada a la palanca de cierre lo miraba con impaciencia, esperando para cerrar las puertas.

El conductor, al ver su demacrado rostro y el aspecto desaliñado que presentaba en general, sintió un rechazo impulsivo de forma inconsciente que se tradujo en cómo cambió su forma de mirarle, cosa que no pasó desapercibida para él, y a pesar de que la perpetua llama de rencor y odio que ardía en su interior se avivó, prefirió pasar de largo y no denostarlo con algún vocablo soez como habría sido lo natural en él.

Avanzó por el pasillo y cuando llegó a la altura de la fila donde se encontraba ella, no se detuvo, tan solo le dedicó una fugaz mirada de soslayo y continuó hasta la parte trasera, donde se sentó en el extremo opuesto al que estaba ella para poder observarla un poco más, aunque continuase siendo en oblicuo.

El vehículo arrancó con un salto hacia el frente y una pequeña nube negra expulsada por el tubo de escape. Las paradas se sucedían y el autobús, que en un principio transportaba casi al 50% del pasaje total permitido, ahora apenas era ocupado por media docena de pasajeros que continuaban en ruta.

Llegó otra parada y dos personas más se bajaron; aquello ya hacía rato que lo estaba poniendo nervioso. 

Mientras Juliet continuaba distraída mirando por la ventanilla, el nerviosismo de él se acrecentaba, justificado por la sencilla regla de que cuanto menos pasaje hubiese y más se prolongase su estancia a bordo, mayor era la posibilidad de que su presencia pasase menos inadvertida y que alguien pudiese fijarse en él y recordar su cara y su vestimenta.

El autobús continuaba con su circular apático y continuo, tornándose como una especie de perpetuum mobile cuando, sin previo aviso, Juliet se levantó y se dirigió hacia la puerta trasera para después, asida firmemente a una de las barras de sujeción, pulsar el botón instalado en ella para solicitar la parada.

Pocos metros más adelante, el pesado vehículo se detuvo, entonando su estridente queja metálica que ella tan bien conocía ya, y abriendo sus puertas le permitió apearse, seguida de la impía sombra que la había acompañado durante todo el trayecto.

A pesar de encontrarse próximo a la periferia de la ciudad, el barrio, de relativa nueva construcción, pues apenas tenía seis años desde que se comenzó a edificar el primer bloque de viviendas, se encontraba bien acondicionado: papeleras, aceras amplias y, lo más importante, una buena iluminación nocturna, lo cual era una traba añadida a las sucias pretensiones del deshonesto personaje que le iba a la zaga.

Él se mantenía a una distancia prudencial que evitara el ser descubierto y, en consecuencia, alertar del peligro a la chiquilla, a la vez que buscaba a su alrededor con la mayor de las sangres frías un lugar adecuado que le permitiese perpetrar con intimidad sus aberrantes planificaciones, pero la calle continuaba extendiéndose al frente, tachonada de fincas y una buena iluminación urbana.

Al llegar a un cruce, Juliet torció a la derecha en la intersección y él aceleró el paso para llegar hasta el cruce con premura, temiendo perder el rastro de su presa.

Cuando se situó a su altura, continuó internándose en él apenas dos metros con la intención de simular seguir al frente, pero contando con la posibilidad de ver la calle paralela por la que había torcido ella y así descubrir su posición.

Giró su cabeza y vio cómo Juliet, a pocos metros, cruzaba a la acera de enfrente, dirigiéndose hacia el portal de un bloque de pisos próximo, y de nuevo ese destello de maldad intrínseca que su oscura alma custodiaba, volvió a hacerse presente en su mente al descubrir que frente a ese bloque se encontraba un descampado inhóspito donde las tinieblas reinaban por doquier.

Seguramente, durante el boom de la construcción, se habría proyectado edificar otro bloque de viviendas allí, pero al pincharse la burbuja, quedó relegado indefinidamente al papel sin verse finalmente acometida la obra.

De nuevo, el lugar y el momento le eran propicios y sabía que había llegado la hora de actuar.

El lugar era el idóneo y ni tan solo una triste alma en la calle que justificara el tener que abortar sus malditos planes de sufrimiento ajeno.

Casi a la carrera se aproximó a Juliet, y esta, que detenida frente al portal buscaba las llaves en su mochila, apenas si tuvo tiempo de reaccionar al ruido de las zancadas, levantando la vista para ver cómo el monstruo liberado se abalanzaba sobre su menudo cuerpo.

Con fuerza, pasó el brazo izquierdo alrededor de su garganta, presionándola violentamente de forma y manera que a la pobre niña le fuese imposible, no ya respirar, sino el articular palabra o grito alguno en una demanda desesperada de ayuda.

Al mismo tiempo que hacía esto, su mano derecha la situó frente al rostro de la atemorizada chiquilla, mostrándole la terrorífica navaja que tantas veces había utilizado para sesgar de raíz la felicidad de un sinfín de personas que nunca le hicieron daño a nadie.

Con aquel explícito gesto, le dio a entender, sin necesidad de expresarlo mediante vocablo alguno, qué le deparaba el cruel destino si intentaba zafarse o gritar.

Juliet, al ver el arma, abrió desmesuradamente sus bonitos ojos color miel, cuyo brillo ahora se encontraba ofuscado por el miedo más crudo que la violencia que ejercían sobre ella era capaz de provocar.

Aquel psicópata desalmado, al notar que la resistencia que ella ejercía disminuyó drásticamente, comenzó a caminar hacia atrás, situando la navaja en el centro del pecho de Juliet y aumentando la presión en su garganta, obligándola a moverse en la dirección que él marcaba.

Cuando la oscuridad de aquel trágico lugar devoró la silueta de ambos cuerpos, por el pensamiento de aquella dulce niña un pensamiento final y doloroso cruzó velozmente... Aquel sería un viaje tan solo de ida que marcaría con su final el final de su propio viaje de descubrimiento de un mundo que, apenas si había empezado a conocer.

En ese momento, el monstruo que la atormentaba sin motivo alguno la lanzó con fuerza contra el suelo, golpeándose la frente con una piedra oculta entre la maleza que le abrió una brecha importante en ella y por la que comenzó a sangrar profusamente.

A consecuencia de aquel impacto, perdió la consciencia y con ella también se fueron el dolor, el miedo y el sufrimiento.

Cuando despertó al cabo de un par de minutos, desorientada, no comprendía qué es lo que estaba sucediendo, ni dónde estaba, ni lo que estaba presenciando con sus ojos entrecerrados debido al dolor que sentía en la frente.

Tras algunos segundos de demora, volvió a ser consciente de su situación e intentó incorporarse, dándose cuenta de que tenía la parka abierta, casi deslizada por sus brazos, y que el furioso depredador que la había atacado se encontraba encima de ella, haciéndole jirones la camisa.

Su primer instinto fue el de empujarlo en un vano intento de quitárselo de encima, pero este reaccionó estrellando violentamente el puño contra su mejilla, haciéndola sentir un dolor punzante, y casi inmediatamente notó el frío filo de la navaja en su garganta que le hizo un pequeño corte al presionar contra ella.

En aquel momento, un desolado relámpago de lucidez la llevó hasta la verdadera realidad de lo que estaba viviendo, dándose cuenta de que seguir luchando tan solo tendría como resultado el sufrir más dolor, y llegó a la devastadora conclusión de que en sus manos no contaba con la más mínima oportunidad ni opción que lograra detener lo que estaba sucediendo y que lo que iba a pasar pasaría por mucho que ella intentase oponerse.

Finalmente, dejó de luchar y se resignó ante la evidencia de que aquel cruel y nefasto ente tendría la decisión final del destino que la aguardaba.

Juliet cerró los ojos, unas lágrimas se deslizaron raudas por sus mejillas y, ya sabedora de que seguramente aquella era su última noche en este mundo que tristemente ya nunca descubriría, decidió que su cuerpo era prisionero de aquel ser inhumano, pero que su mente tan solo le pertenecía a ella y poco a poco fue evadiéndose de aquel lugar.

Volvió a abrir los ojos sin abrirlos y ya no se encontraba en aquel tenebroso descampado; había regresado a su niñez, jugaba en la calle con sus primos y el recuerdo de su abuela se unió a ella en aquellos momentos.

Juliet sonreía; su abuela otra vez la abrazaba y ella se aferraba al recuerdo de aquella mujer como quien se aferra a la vida, negándose a morir.

Un torrente sin pausa nacía de sus ojos cerrados, mojándole la cara. Aquellos recuerdos que la alejaron a años de distancia de aquel solar, le habían devuelto la felicidad y el depredador que ahora forcejeaba intentando deshacerse de los pantalones de la muchacha la oyó reír y miró su rostro.

No comprendía qué estaba sucediendo; la miraba fijamente, intentando encontrar una explicación a aquel mar de lágrimas y a la vez a aquella sonrisa tan pura que se reflejaba en su cara manchada por la sangre que de su frente había brotado.

Pero ese ser, siervo de la maldad, nunca podría entender que él podía decidir si Juliet vivía o moría, pero no decidiría cómo se marcharía de esta tierra de lamentos; eso ya lo había decidido ella y había decidido marcharse feliz, sin miedo ni sufrimiento.

Se acercó aún más a la cara de la chiquilla en un intento de cerciorarse de si era real lo que sus ojos le mostraban y, encontrándose ya muy próximo a su rostro, Juliet abrió los ojos de repente.

Con un movimiento rápido e involuntario, se retiró un poco hacia atrás sobresaltado, pero volvió a fijarse en la mirada de la chica, en aquellos dulces ojos color miel, y lo que descubrió no fue miedo, no fue frustración, ni pánico, ni sufrimiento.

Lo que estos le mostraron fue su bondad, fue su ternura, fue su comprensión y fue el brillo que confiere la verdadera felicidad y el amor.

El nefasto tipo se quedó inmóvil con la mirada fija en la suya, y una sensación de calma y comprensión tan cálida como nunca había sentido empezó a adueñarse de su ser.

Juliet le regaló una de sus sonrisas, una de esas que son capaces de iluminar la noche y volverla día, y alzando el brazo, delicadamente con la suave palma de su mano, le acarició con ternura el rostro y le susurró con una serenidad casi mística: "Tranquilo, yo te perdono" y volvió a cerrar los ojos para continuar bebiendo de esa felicidad que sus recuerdos le habían regalado.

Aquel hombre que tan solo había sabido traer al mundo dolor y mal se incorporó y caminó hacia el rincón más oscuro de aquel infame descampado en un intento de desaparecer entre las sombras de manera que ella fuera incapaz de verlo; no quería que sufriese más.

Algo se había roto en su interior; algo en la mirada de Juliet, en su caricia, en sus palabras, había logrado que el sufrimiento que él había infligido a tantas personas se volviese contra su creador desde lo más profundo de su negra alma, haciéndolo sentir en sus propias carnes lo que él había hecho sentir a los demás, y aquello no fue capaz de soportarlo.

Aquel sentimiento rompió su mente enferma en mil pedazos y consumió lo poco que le quedaba de alma inmortal. Se descubrió a si mismo convencido de que no tenía derecho a existir, que desaparecer era lo más correcto y que tenía la obligación de cumplir aquel mandato, y eso fue exactamente lo que hizo.

Con la mirada perdida en el infinito, acercó el filo de la navaja a su garganta y con un movimiento rápido terminó con lo que nunca debió haber comenzado, deshaciéndose de una vida que nunca debió existir.

Pasaron las horas; Juliet, agotada física y anímicamente, se había quedado dormida y el sol iluminaba ya hasta el último rincón de aquel maldito lugar.

Sus compañeras de piso salieron a la hora de siempre; se iban a clase preguntándose dónde habría pasado Juliet la noche, cuando una de ellas la vio allí tirada y con los ojos cerrados.

Salieron en tropel hacia ella, con cuidado la despertaron y la vistieron, ayudandola a levantarse y despacio la llevaron hasta casa, desde donde llamaron a un médico y más tarde a la policía.

Cuando los inspectores la interrogaron en relación con lo sucedido, fue incapaz de proporcionar una cadena lógica y completa de los hechos, pero sí pudo dar una descripción detallada de la persona que la había agredido.

Gracias al haber obtenido de manos de la víctima aquella minuciosa descripción, y a saber en qué parada había subido el tipo al autobús, no tardaron más que unas pocas horas en tenerlo identificado, al ser este un habitual de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, tras lo cual se dictó una orden judicial de búsqueda y captura, desplegándose a la vez un dispositivo táctico con la intención de localizarlo y detenerlo.

A pesar de todos los esfuerzos realizados por las fuerzas del orden, todas las medidas adoptadas terminaron por resultar estériles, y el paradero del fugitivo continuó siendo una incógnita hasta que un tiempo después, y de forma fortuita, dieron finalmente con el prófugo.

Al cabo de unos días, un vecino que paseaba a su perro decidió soltarlo en el solar para que corriese un poco, pero el animal se fue hacia un rincón y comenzó a ladrar descontrolado hacia los matorrales.

Al acercarse aquel hombre para ver qué le sucedía al perrito, descubrió el cuerpo abotargado y sin vida de aquel criminal tan buscado al que el dolor que había causado a los demás terminó finalmente por rebelarse contra él y le arrancó inmisericorde su propia vida.

Con el tiempo, Juliet retomó su rutina diaria, continuando con su vida como si nada de todo aquello hubiese sucedido, pero a pesar de ello, nunca recuperó la parte de la inocencia que aquel maldito diablo se llevó consigo aquella noche.

De todo lo narrado hoy y aquí, si podemos extraer algo en claro, humildemente tengo el convencimiento que se trata de lo siguiente:

"Aquellos que siembran el dolor sin alma ni remordimientos, encontrarán en su destino un juicio implacable. Las sombras que proyectan sobre otros se volverán contra ellos, y su propia oscuridad les condenará a una existencia desolada."

Louis


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